3-day-moon-sm.jpgEl niño observó los materiales. No eran mucho, pero tendrían que servir. Recorrió el escritorio y se armó con un lápiz y un papel grande con enormes cuadrículas – o eso le parecieron a él -. Después salió de la habitación y se dirigió a un lugar del colegio donde nadie le molestaría. Allí, sentado en el suelo, plegó el papel varias veces y se ayudó del lápiz para plisarlo hasta que pudo cortarlo, tal como había visto hacer a la señorita en clase. Después repitió la operación con uno de los trozos, creando más trocitos de diferentes tamaños. Era algo difícil y costoso, pero nadie había querido dar unas tijeras a un niño de siete años.

Cuando tuvo un trozo grande y muchos trozos pequeñitos escribió en los trocitos nombres como “Dragón Negro”, “Guerrero” y otras cosas similares. Luego dibujó un mapa en el trozo grande y colocó las unidades en él. En seguida se dio cuenta de que haría falta un juego de reglas para que interactuaran, aunque ni siquiera sabía lo que era una regla ni mucho menos interactuar.

[...]

Un día su hermano trajo a casa un MSX, un ordenador que tenía la escalofriante cantidad de 80K de memoria RAM, una proeza para el momento. Mientras probaban los juegos, que se cargaban desde un reproductor de cintas de cassette, se produjo un fallo y la pantalla quedó llena de un texto incomprensible. ¿Qué era aquello? El niño lo examinó. No pudo entenderlo, pero intuyó una lógica que relacionaba todas las partes.

Semanas más tarde, había conseguido a base de ensayo y error reproducir algunos patrones y modificarlos. Entonces encontró un libro que hablaba de un lenguaje llamado BASIC y se abrieron las puertas del conocimiento. Uno de los momentos más felices fue cuando invitó a una amiga suya a casa a merendar y le puso un juego, cuya presentación había modificado para que se interrumpiera en medio de la carga y pusiera sus nombres en medio de un corazón. Eso le valió un besito en la mejilla.

No estaba mal para un niño de diez años.

[...]

7-day-moon-sm.jpgMucho tiempo más tarde, el niño, convertido en adolescente, fue invitado por unos compañeros con los que jugaba a juegos de rol a unirse a una partida de Warhammer, presentándoselo como un “juego de estrategia”. ¡Cuál no sería la sorpresa del niño cuando sus amigos le mostraron una versión ampliada y mejorada de su juego! Las figurillas eran maravillosas, mucho mejores que las figuras de su imaginación y había un libro de reglas enorme que regulaba su interactuación y que se usaba en conjunción a un sistema de turnos y a unos dados.

Un día, en una partida de rol, el joven tuvo una discusión con su director de juego. La causa eran unas reglas que no consideraba lógicas. A raíz de la pelea, se sentó y escribió algunas reglas nuevas y las presentó a sus amigos como opcionales. Éstos acogieron algunas con agrado y otras con reticencia, pero se fueron probando y el debate de si las reglas representaban fielmente la realidad se fue convirtiendo paulatinamente en una discusión omnipresente.

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“¿Qué es esto? Está en inglés.” – el joven cogió el libro que le tendía su amigo. La portaba rezaba “Combat Options” y le rodeaba el aura de una promesa de inacabables horas de juego en niveles de abstracción cada vez más elevados. El joven se sentó y leyó y leyó y leyó. Bebió con avidez y encontró muchas de las reglas que había diseñado, la solución lógica a algunos problemas de la versión básica del juego. Después se enteró de que existía otro suplemento para los Magos y supo que muchas de sus ideas ya habían sido superadas por alguien de nuevo. El joven releyó algunos párrafos con tristeza. Le gustaría poder ser uno de aquellas mentes que dedicaban sus días a concebir patrones abstractos que reflejaran una realidad alternativa, aunque ni siquiera sabía lo que era una realidad alternativa ni mucho menos un patrón abstracto.3q-moon-sm.jpg

Tiempo después, el chaval se lanzó junto con unos amigos a crear su propio juego de rol (sin casinos ni lo otro, tampoco). Entre todos diseñaron un mundo paralelo, se dividieron las razas, los dioses y la geografía y crearon un entorno rico y consistente con una elaborada cosmología, diversas religiones y diferentes culturas.

Luego se fueron separando y el juego cayó lenta e inexorablemente en el olvido.

[...]

Cuando tuvo que elegir, el joven escogió las letras a las ciencias – cosa de la que se arrepentiría años más tarde, pues descubrió el embeleso que le provocaba la inexplicable exactitud de las matemáticas, la sensación de que todo está a tu alcance si sabes racionalizarlo correctamente. Por aquel entonces miraba con envidia a sus compañeros de ciencias, porque ellos podrían acceder a la ingeniería informática, que era lo que realmente deseaba en su fuero interno. Pero no tenía otra salida, porque él no valía para los números…

Así el joven se hizo hombre y quiso ir a la universidad. Probó con la psicología, pero, aunque le pareció interesante, no le llenaba completamente. Entonces grabó un disco a pequeña escala y se lanzó a dar conciertos como un loco. A lo largo de dos años dio unos cuatrocientos conciertos, casi todos en bares y ferias. A veces llegó a dar hasta tres conciertos por día en diferentes ciudades. Luego cambió de grupo y grabó un disco a nivel nacional. Sin embargo sentía que le faltaba algo. Nada le motivaba. Seguía gustándole jugar al rol, pero no veía cómo podría ganarse la vida con eso, así que se fue a vivir a una gran ciudad y estudió música.

La música es muy sacrificada y sin motivación no se pueden hacer sacrificios – ¿para qué?-. Esto motivó que el joven acabara viviendo en Londres y pasara por múltiples penurias y experiencias que, si bien le enriquecieron enormemente como persona, no le hicieron más feliz. Ojalá pudiera dedicarse a la informática.

[...]

Y llegó el día en el que volvió a España. Y por casualidad acabó en la casa de un amigo que no veía hacía varios años. Y curiosamente había sobre la mesa un folleto. Era de una universidad privada. De informática. Parecían serios y la titulación la garantizaba la Universidad de Londres, así que se levantó y dio el primer paso de su vida para conseguir lo que quería.

El primer año preguntó a todo el mundo qué debía hacer para trabajar con videojuegos, pero le desanimaron totalmente. Demasiado difícil. Demasiada competencia. Y él no tenía tiempo para practicar demasiado. Tenía 25 años y no podía competir con los jovencitos de 18 que cuando tuvieran su edad tendrían años de experiencia. También tenía su trabajo de jornada completa y además iba a clase. Para más inri, no tenía ordenador, así que pasó el primer año durmiendo cuatro horas y programando sobre papel, debugando en su cabeza durante interminables noches de trabajo. Lo único bueno fue que descubrió que ya sabía programar. En su cabeza, hacía falta muy poco para que los conceptos encajaran fácilmente y se encontró recordando aquel corazón de hacía tantos años.

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Por fin descubrió la motivación. Ya no le costaba trabajo levantarse por las mañanas y su vida cambió radicalmente.

El segundo año se compró un ordenador. Un 486. Tardaba un minuto en ejecutar el código que los ordenadores de sus compañeros ejecutaban en cinco segundos, pero servía. El tiempo pasó y el joven trabajó en todo tipo de tareas, desde la albañilería hasta el marketing, pasando por la programación, la gerencia y la formación, pero nada le llenaba. Solo quería aprender, aprender más y más. Era lo único que le satisfacía.

[...]

Cuando terminó sus estudios, le ofrecieron realizar un máster en videojuegos. Casi ni se creía que él pudiera acceder esa formación. Como todo lo demás, desde el principio había estado a su alcance, pero no se le había ocurrido que pudiera alargar la mano y cogerlo.

Allí aprendió programación avanzada, modelado 3D y muchas otras cosas interesantes e incluso creó un pequeño proyecto de juego que recibió la mejor crítica de su promoción. Hasta salieron en la televisión. Allí aprendió que no quería ser programador, aunque adoraba la programación, sino Diseñador de Juegos.

Por ese entonces, el niño ya sabía lo que eran las reglas, la interactuación, las realidades alternativas y los patrones abstractos, pero el trabajo parecía igual de escaso que antes, lo cual le desanimó un poco.

En ese momento, el niño miró hacia atrás y pensó que si hasta ahora las cosas habían estado a su alcance y él había querido estar ciego a ello, parecía perfectamente probable que estuviera pasando lo mismo ahora.

Buscó, buscó y buscó sin desanimarse. Contactó con empresas de Francia, de Inglaterra de Japón y por supuesto, de España, hasta que al final encontró un trabajo como el que estaba buscando.

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Desde entonces nunca ha vuelto a plantearse que hay nada fuera de su alcance.
Sabe que con el suficiente trabajo, con la suficiente motivación, prácticamente cualquiera puede llegar a cualquier sitio.
Y desde aquel momento también supo que tenía que hacer algo para ayudar a la gente que tuviera su mismo problema.


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